Los pueblos también mueren

La muerte es algo que afecta a las personas, animales y plantas. Algo que sabemos que ocurrirá desde el momento en el que nacemos y que es inevitable. Pero ella quiere ir más allá. No se conforma con acabar con la vida de seres vivos, sino que también acaba con las aldeas. Lugares que hasta hace unos años albergaban movimiento humano e incluso eran escenario para el juego de algunos niños, agonizan y se deterioran con el paso del tiempo. Olvidados por quienes un día recorrieron sus calles y habitaron sus casas, todo apunta a que nadie podrá evitar el fatal desenlace.

Cabe plantearnos varias cuestiones ante este suceso. ¿Qué provoca el abandono de estos lugares? ¿Hay alguna forma de evitar que las aldeas mueran y sean olvidadas? ¿Volverán a ser habitadas en un futuro?

Si buscamos por la red, podremos ver que hay gente tratando de resucitar estas aldeas. ¿Cómo lo hacen? Las han puesto en venta por cantidades que van desde los 80.000 euros hasta los 140.000. Para algunos es una oportunidad de negocio, mientras que para otros supondría hacer realidad un sueño como puede ser el de tener una aldea para ellos solos. Tranquilidad, naturaleza e historia son los atractivos de estos lugares.

Las causas del abandono son muy diversas, pero la más importante es la industrialización. Los habitantes de aquellos pueblos que se convirtieron en aldeas y, en el peor de los casos, en ruinas, han ido a la ciudad en busca de trabajo y de comodidades. En definitiva: en busca de una vida mejor. Dejaron atrás sus raíces y, con ello, dejaron en el olvido el pueblo que les vio nacer. Pero no sería justo culparlos de esa muerte, porque tal vez la culpa no la tengan ellos.

Algo parecido a lo que estoy comentando sucedió en un pequeño caserío de la Región de Murcia, llamado “Los Tenza”. Llegó a albergar alrededor de 25 familias a principios del siglo 20. Todas ellas dedicadas a la ganadería y al campo. Situado en una zona alta, tal vez la distancia fue un detonante que favoreció su abandono, puesto que en aquella época sus gentes no podían permitirse la adquisición de un buen carro y tardaban, andando, más de 3 horas en llegar a la ciudad más cercana.

Los últimos habitantes fueron mi bisabuelo Antón y mi bisabuela Eustaquia, quienes tuvieron que abandonarlo a mediados de los años 40. El resto de habitantes habían fallecido o decidieron abandonar sus casas para buscarse la vida en la ciudad, porque el campo era muy duro y en las fábricas se ganaba más dinero. Setenta años después, poco rastro de vida queda en sus calles aunque, si bien es cierto, hay algún heredero que se niega a tirar la toalla y sueña con resucitar aquel caserío. Pero mientras tanto, las paredes que un día fueron testigos de la vida esperan, deteriorándose, a que vuelvan a resonar las voces del gentío paseando por sus calles.

Lo curioso de Los Tenza es que alrededor han proliferado chalets e incluso el tendido eléctrico pasa por encima de sus casas. Tal vez el hecho de que se encuentre en una zona alta, alejada de la contaminación de la ciudad, haya motivado a estas personas a construir sus casas. No olvidemos que cuando un pueblo cae en el olvido, muere. Y con esa muerte desaparecen nuestros orígenes, nuestras raíces. Mis orígenes se fragmentan cada vez que cae una pared de “Los Tenza”, el caserío donde nació mi abuela y que con tanta nostalgia recuerda cada vez que le pregunto por sus vivencias.

¿Volverá a ser habitado? ¿Están condenadas al olvido las aldeas abandonadas? ¿Qué pensáis? Si queréis conocer una historia contada en primera persona, basada en hechos reales, os recomiendo que leáis La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, donde el último habitante de Ainelle cuenta cómo son sus últimos días en dicha aldea. Porque no podemos olvidar de dónde venimos ni cuáles son nuestras raíces. No permitamos que aldeas como Ainelle o los Tenza caigan en el olvido.

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A la derecha, la casa donde vivieron mis bisabuelos.

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