Un mes en pleno corazón de África

Esta semana entrevistamos a Aarón Pérez López, psicólogo y entrenador de judo, que hace unos días ha vuelto de un voluntariado que realizó en Ruanda durante todo el mes de agosto. Bajo la dirección de Mariano Pérez Aroyo, conocido profesor de la Universidad Miguel Hernández de Elche, cada verano, en los meses de agosto y septiembre, una veintena de estudiantes viajan a aquellas tierras para colaborar con el Programa de Cooperación al desarrollo de la UMH en Ruanda.

Entre las funciones que desempeñan estos chicos y estas chicas destacan la atención hospitalaria, impartir clases a los niños y niñas, colaboración en la formación dirigida a personal sanitario del país, etc. No olvidemos que Ruanda fue devastado por una guerra y se está recuperando gracias a la ayuda internacional. En este sentido, la labor que ha desempeñado la Universidad Miguel Hernández durante los últimos diez años ha sido vital.

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¿En qué consiste el proyecto Cooperación al desarrollo de la UMH en Ruanda?

El proyecto de cooperación de la UMH con Ruanda consiste en Mariano Pérez Arroyo. Ese hombre lo es todo. Neurólogo, en el año 1995 (prácticamente a nada de “acabar” el genocidio) se fue a Ruanda con Medicus Mundus. Si ahora no hay mucha gente que no sea de Ruanda viviendo allí, imagínate en esos tiempos. Durante muchos años dio clases en la UMH; ahora, trabaja allí como neurólogo en la consulta del hospital de Nemba.

Se fue prácticamente sin nada. Ha visto muchas cosas dignas de mencionar durante todos estos años. Bien, pues este señor empezó prácticamente sin dinero la reconstrucción de un colegio que estaba totalmente destruido. Ahora, este colegio tiene como unos 500 alumnos. Este señor, ha conseguido mejorar mucho un hospital que a saber en qué condiciones estaría antes. Me atrevería a decir que casi todos los habitantes de las colinas del pueblo conocen a Mariano. Saben todo lo que ha hecho y le tienen mucho aprecio.

Hace unos 6 años, a Mariano se le ocurrió la idea de que en los meses de verano fueran voluntarios para cooperar en las necesidades que hubieran. El proyecto empezó siendo desconocido, pero a medida que pasaron los años se ha hecho eco y ahora es mucho más conocido.

Así pues, el proyecto consiste en la selección de una serie de voluntarios durante los meses de verano para realizar diversas actividades allí, como por ejemplo dar clases en la escuela, dar a conocer diferentes disciplinas deportivas, música, clases a profesores, ayuda en el hospital (en pediatría, fisioterapia, etc). Cualquier idea original siempre es bienvenida. Aunque, eso sí, aunque el programa esté muy bien hecho muchas veces es imposible llevarlo a la práctica. Pero eso te das cuenta cuando estás allí.

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¿Cómo surgió la idea de viajar a Ruanda?

Hace tiempo que me sentía con muchas ganas de hacer un voluntariado, pero nunca me había atrevido ni a dar el paso ni a elegir destino. Me sonaba mucho el proyecto de cooperación de la UMH con Ruanda por compañeras que habían estado, así que decidí meterme en la página web para conocer un poco más. Casualidad de la vida, que justo el día que vi la página, habían publicado la convocatoria para este año. Realmente fue una sensación instantánea que duró como 2-3 segundos, que se tradujo en “voy a presentarme”. Cuando la gente me decía: “Pero, ¿te lo has pensado bien?”, mi contestación siempre era: “No. No lo he pensado; simplemente me quiero ir”. Así que me pasé toda la semana intentando hacer un programa para llevar a cabo allí. Más tarde tuve una prueba de idioma (Inglés y Francés). Finalmente, la parte más importante fue la entrevista personal con Mariano, que es el encargado de seleccionar a los pocos privilegiados que tuvimos el placer de ir.

¿Por qué elegiste Ruanda y no otro lugar?

Por una sencilla razón. Iba a ir al corazón de África; muy lejos de cualquier punto “turístico”, por lo que de no ser gracias al voluntariado, a ninguna persona se le ocurriría ir allí. Iba a estar en plena naturaleza, conviviendo con gente del lugar. Es algo inaccesible para cualquier persona que no vaya de voluntario. De no haber sido por esta oportunidad, seguramente nunca habría estado donde he estado. Parecía algo tan único, tan natural, tan real, tan impregnado de historia que fue un: “Ahora o nunca”.

¿Cómo fueron tus primeros días allí?

Raros. Los primeros 5 días fueron de adaptación total. Es otro país, otro continente, una cultura y un modo de vida que ya sea por los recursos o por las condiciones geográficas difiere totalmente del mundo que conocemos. Así pues, el choque es muy grande cuando llegas. Poco a poco te vas deshaciendo de tu “yo” de España a la medida que se va creando uno paralelo allí.

Durante los primeros días intentamos dejar todo planificado, es decir, hablar con los profesores del colegio y el personal del hospital para cuadrar tanto los horarios como las labores que iba a realizar cada uno. Yo, personalmente, estaba deseando comenzar a hacer cosas. No obstante, al mismo tiempo me recorría una sensación de incertidumbre y preocupación. Había muchas personas que les hubiera gustado estar ahí en mi lugar, así que quería estar a la altura de lo que se esperaba de mi.

Todo ello desapareció enseguida. El interés que mostraban en las clases y lo felices que estaban para mí fue una señal de que habíamos conseguido lo que queríamos.

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De lo que has vivido allí, ¿qué es lo que más te ha impactado? ¿Con qué te quedas?

Me quedo con todo. Me quedo con la naturaleza, con esa tierra arcillosa, los plataneros, los cultivos hasta prácticamente el pico de la montaña. Me quedo con la gente, con la cara de felicidad que muchos mostraban con solo verte, con la alegría de poder enseñar y ayudar a otras personas, con el cariño y los abrazos que te daban constantemente los niños. Me quedo con todos los niños que te perseguían por la calle, y los que esperaban horas en la puerta de la residencia para darte un dibujo. Me quedo con las personas que llevaban kilos y kilos de peso en la cabeza como si nada, y con los niños que llevaban en sus manos machetes como si tal cosa. Me quedo con esas charlas con una cerveza en la mano con ruandeses donde podías conocer de primera mano qué piensan y cómo viven. Me quedo con la cara de ilusión de los chavales cuando se ponían el kimono. Me quedo, por supuesto, con mis compañeros y con Mariano (el cual me ha dado esta oportunidad). Me quedo… con África en el corazón!

Tengo entendido que estuviste dando clases de judo. Explícanos un poco cómo se te ocurrió la idea.

La verdad es que presenté un programa de ayuda sociosanitaria. Es cierto que quería presentar otro sobre alguna actividad deportiva, pero no me dio tiempo. En ningún momento se me pasó por la cabeza hacer nada relacionado con el judo. Fue Mariano el que, en la entrevista, vio en mi CV que llevaba haciendo judo desde pequeño, que había competido mucho, etc. Entonces me dijo que creía que iba a ser una buena idea dar clases de judo. Claro, yo estaba encantado.

A pesar del problema con el tatami (muy poco espacio), estoy realmente feliz porque tengo la sensación de que además de pasárselo bien, han aprendido mucho y se han interesado bastante por este deporte. Además, la relación con los alumnos era increíblemente buena.

Allí las noticias vuelan. Toda la colina sabía que yo daba clases de judo. Como la clase tenía lugar en el patio del colegio, muchas clases se convertían en verdaderas exhibiciones. Cuando me daba cuenta tenía el patio rodeado de cientos de niños de las colinas que venían a vernos. De hecho, cuando paseábamos por los caminos, siempre se me acercaba algún que otro niño y me decía “eh! Kung fu!”, al tiempo que intentaba imitar alguna técnica. Era impresionante cómo había calado la idea del judo.

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¿Cómo se ven las cosas después de haber pasado un mes en pleno corazón de África?

Al volver, la primera semana tu cuerpo está en España pero tu mente sigue paseando entre las verdes colinas con 20 niños a tu alrededor. Realmente, te das cuenta de que han sido ellos los que te han enseñado a ti.

Salvo en la ciudad o gente con dinero, todo esto de las tecnologías es prácticamente inexistente. Generalmente allí viven de la agricultura. El nivel educativo es mínimo y no todo el mundo se puede permitir ir al hospital cuando está malo. Hay muchísimas enfermedades. Pero, en los niños se podía ver una cosa que no se ve aquí: la felicidad. Era increíble ver como niños en la más absoluta pobreza, con una higiene que daba que desear, sin nivel educativo alguno y con alguna que otra enfermedad se pasaban la mañana cantando, bailando y sonriendo. Nunca he visto a tantos niños juntos saltar y moverse con tanta despreocupación y felicidad como he visto allí. Se dedicaban a estar presentes y vivir, únicamente.

¿Por qué digo todo esto? Por la sencilla razón de que es todo lo contrario de lo que tenemos aquí. El valor que tiene una educación y un sistema sanitario como el de nuestra sociedad es indescriptible. Pero, hay una cosa, que es con la que me quedo: vivir el ahora. Aquí estamos peleados acerca de los errores que hemos cometido o nos preocupamos excesivamente por el futuro; pero siempre se nos olvida el ahora. Allí he aprendido a vivirlo, a simplemente estar presente, disfrutando. Si esas personas, en esas condiciones son felices, nosotros también podemos.

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Y para acabar, ¿recomendarías esta experiencia a los lectores de Psicología En Vena? ¿Por qué?

Absolutamente. Para mí, es la tercera vez que voy a África. Siempre digo que viajar te hace crecer como persona. Estar en un país tan “desconocido” como es Ruanda, te hace cambiar la mente, entender que no solo hay una manera de hacer las cosas ni de vivir (como en nuestra sociedad). Es cierto que cuanto a educación y sanidad en muchos lugares del mundo les falta mucho por desarrollarse, pero cuando hablamos de la persona, de vivir ahora, el día a día, sin prisas, sin nada que hacer, de tomarse el tiempo que sea necesario para hacer cualquier cosa, de a pesar de todo pasarse el día abrazándose con los amigos y personas queridas mientras bailas con una sonrisa de oreja a oreja… todo eso, sin la necesidad de nada más, es algo que se acerca mucho a la felicidad. Y eso aquí, todavía, no he llegado a encontrarlo. Creo que son experiencias que tienes que vivir por ti mismo, que tienen que pasar por tu piel, y de repente, como una sensación reveladora, entiendes y descubres muchas cosas (tanto de ti mismo como de tu alrededor), cambias y mejoras como persona.

Si queréis conocer más información sobre el proyecto, os dejamos el blog de Mariano Pérez Arroyo donde nos cuenta algunas de sus experiencias allí. Muchas de ellas dan para pensar y replantearnos las cosas. http://internacional.umh.es/tag/mariano-perez/

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Un comentario en “Un mes en pleno corazón de África

  1. Pingback: Nueve formas de viajar gratis por el mundo | Psicología en vena

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